lunes, 9 de noviembre de 2009


Estaba en quinto grado, me acuerdo como si hubiera sido ayer. La que en ese entonces era mi maestra nos dijo que escribamos un texto en base a una imágen que había que llevar con anterioridad. Yo había recortado a un nene con los brazos abiertos a orilla de un río, con una sonrisa que superaba las dimensiones de su rostro. Recuerdo con tanta claridad aquellas líneas: hablé en primera persona, desde la mente de aquel niño, que pedía libertad para poder ir al río a ver un atardecer, puesto que su papá no lo dejaba.
Me acuerdo que ese fue el primer texto por el cual me felicitaron. Desde ese momento que amo escribir. Al principio lo hacía por obligaciones escolares, y según todos tenía el talento, pero yo no encontraba el placer. Crecí y de a poco lo incorporé como un método catártico, comprendí la necesidad de descargarse, y lo bellas que quedan las palabras cuando la melancolía las baña de poesía. Y hay muchas veces en que las ideas fluyen por mi mente, y ahí, como ese niño de mi primer historia, reclamo libertad. Sí, le doy libertad a mis manos para que escriban lo que en mi mente se hace presente.
Así, me permite no tener oprimidos a mis sentimientos, me permite hacer una especie de arte de mis sentimientos, y que éstos no sólo sean lágrimas o risas. Y eso me hace sentir tan libre !