No hay amanecer que no traiga el reflejo de tus ojos, ni hay ojos tan soleados como los tuyos. No hay manos tan mágicas como aquellas que me acariciaban cada noche, ni hay noche en que no te nombre. No hay recuerdo que no me deje varada en medio de una oscura calle, ni hay calle en esta ciudad que se haya salvado de nuestros pasos. No hay más que una certeza amarga que día a día me repite que no hay nada igual a vos.