martes, 23 de octubre de 2012

A pesar de los hilos que asfixian mis tobillos hasta llevar mi cuerpo al suelo y las miles de dagas clavadas en el alma, a pesar del dolor que aplasta mi espalda y de las sangrantes heridas que tiene mi piel, mi cuerpo quiere seguir peleando. Aunque es débil mi defensa, no dejo de empuñar firmemente la espada. A pesar de las lágrimas que nublan mis ojos y de los nervios que obligan a presionar mi mandíbula, mi mirada está siempre firme y mi mueca es la de una guerrera. El dolor se me trasluce en los ojos. Es imposible tapar las lesiones de esta batalla, que intentan apagarme. Pero yo jamás me rindo.

Sin embargo, a pesar del daño, no puedo soltarlo. Su mano está encadenada a la mia.